Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades La respiración de la enferma era tan difícil de observar que, embebido en el examen del pulso y de los latidos del corazón, no oía nada de lo que decían en el aposento. La vida no estaba completamente extinguida. Volví a sentarme y vi que los dos hermanos me examinaban con atención. Mi recuerdo está aún presente en mi espíritu, y me sería fácil referir las palabras más insignificantes que cambié con ellos; pero tengo que escribir tanto, el frío es tan intenso y me da tanto miedo pensar que pueden sorprenderme y encerrarme en un calabozo privado de luz, que abrevio esta narración.
La infeliz estuvo agonizando ocho días. Una noche, viendo que movía los labios, acerqué el oído y entendí algunas de sus palabras. Me preguntó dónde estaba y quién era, y le respondí; pero en vano traté de saber su nombre: siempre me hizo un gesto negativo y, como su hermano, se llevó el secreto a la tumba.
Hasta entonces no había podido hacerle ninguna pregunta, porque continuamente estaba a la cabecera de la cama uno u otro de los dos nobles sin permitirme que hablase con ella, a excepción de los últimos momentos, cuando ya no les preocupaba lo que podía decirme, como si yo hubiera de morir al mismo tiempo que su víctima. Confieso que más de una vez me estremeció esta idea.