Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Había advertido cuánto había ofendido su orgullo aquel desafío con un aldeano, con un ser infame y de una edad casi próxima a la infancia. Era para la familia un suceso degradante y ridículo que los martirizaría dolorosamente; pero en cambio no hacía el menor caso de la muerte del joven, de su padre y de su hermana. La mirada del que se había visto obligado a batirse se fijaba con frecuencia en mí, y veía en ella el odio profundo que yo le inspiraba desde la revelación que había recibido del difunto. Era también un motivo de disgusto para su hermano, a quien le repugnaba mi presencia.
La joven murió a las diez de la noche. Hacía ocho días que estaba a su lado. Me hallaba junto a su lecho cuando su cabeza se inclinó suavemente sobre el hombro y acabaron todos sus pesares con su último suspiro.
Los dos hermanos esperaban con impaciencia en la planta de abajo el momento de partir.
—¿Ha muerto por fin? —dijo el mayor cuando entró en la habitación.
—Sí —respondí.
—Te doy la enhorabuena —dijo su hermano, que estaba detrás de él.
Me entregó un cartucho de monedas de oro y yo lo puse sobre la mesa. Me había negado ya el día anterior a aceptar la cantidad que me había ofrecido, porque estaba resuelto a no recibir dinero alguno.