Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Perdonad —le dije—, en semejantes circunstancias me es imposible aceptar.
Los dos se miraron, me saludaron y nos despedimos en silencio…
Estoy cansado, abrumado y abatido por el dolor y por mil padecimientos. No puedo leer ya lo que he escrito con trémula mano…
Al dÃa siguiente muy temprano trajeron a mi casa el cartucho de monedas en una cajita donde se veÃa mi nombre. Pensé toda la noche lo que debÃa hacer, estaba decidido a escribir al ministro y a informarle confidencialmente de los dos casos de muerte cuyos pormenores acabo de relatar; pero, como no ignoraba las influencias de la corte, las inmunidades de que gozaban los nobles y recelaba que mi carta quedarÃa sin consecuencias, y a pesar de que este suceso era para mà un caso de conciencia, guardé el más profundo secreto y hasta mi mujer lo ignoraba todo. Finalmente se lo revelé al ministro para que nadie pudiese verse comprometido en este triste asunto del que solo yo estaba enterado.
Era el último dÃa del año y acababa de terminar mi carta cuando entraron a anunciarme que una señora deseaba hablarme…
De dÃa en dÃa estoy más débil, y por momentos veo que mi tarea es superior a mis fuerzas. ¡Tengo tanto frÃo! Mis miembros se hinchan, la luz es sombrÃa y se hace de noche en mi cabeza.