Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Aquella señora, que era joven, bella y graciosa, llevaba en su rostro el sello de una muerte prematura. Parecía muy conmovida y me dijo que era la mujer del marqués de Saint Evrémonde. Como el moribundo había dado este título a uno de los dos nobles, lo comparé con la inicial que había visto bordada en la faja, y deduje de esto que el marido de aquella señora era uno de los raptores de la difunta.

Recuerdo todo lo que dijimos en nuestra conversación, pero no puedo escribirlo, porque me tratan con el mayor rigor y tengo miedo de que me espíen.

Aquella señora había descubierto casi todos los hechos de esta dolorosa historia, y sabía la parte que había tomado en ella su marido; pero, ignorando que la joven hubiera muerto, venía a verme con la esperanza de serle útil y manifestarle su compasión, porque trataba por todos los medios de apartar la cólera divina de una familia odiosa a tantos desgraciados.

La marquesa tenía muchos motivos para creer que la difunta había dejado una hermana menor, y su deseo más ardiente era acudir en su auxilio. Sabía yo también que esa joven existía, porque su hermano me lo había dicho, pero ignoro aún su nombre y su paradero…

Muy pronto me quedaré sin papel; ayer me quitaron una hoja amenazándome con el calabozo, y es preciso que termine hoy.


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