Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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A las nueve de la noche llamó a mi puerta un hombre vestido de negro, preguntó por mí y siguió a Ernest Defarge, un niño que tenía a mi servicio. Cuando este entró en la sala, donde estaba con mi mujer —la querida de mi corazón… ¡tan hermosa y tan amable!— vimos a aquel hombre que Defarge creía aún en la antesala y que lo había seguido.

—Os llaman —me dijo— de la calle de Saint Honoré para un caso muy grave; os espera un coche y pronto estaréis de vuelta.

Aquel coche habría de conducirme aquí, a mi tumba. Apenas llegué a la calle, me taparon la boca con una mordaza mientras me ataban los brazos a la espalda. Los dos hermanos salieron entonces de un rincón oscuro, cruzaron la calle y con un ademán testificaron mi identidad. El marqués sacó del bolsillo la carta que había escrito al ministro, me la enseñó, la quemó en la luz de un farol que llevaba en la mano y apagó las cenizas con el tacón del zapato. El coche partió y me encerraron en vida en el sepulcro.





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