Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Si Dios les hubiera inspirado la idea de enviarme noticias de mi mujer, de hacerme saber únicamente si está muerta o viva, habría creído que el Señor no los había olvidado. Pero la cruz sangrienta con que están marcados les es fatal, Dios no quiere que participen de Su misericordia, y yo, Alexandre Manette, en esta última noche del décimo año de mi agonía, los denuncio hasta el último de su raza para que en los tiempos venideros tengan que responder de todos estos crímenes; los denuncio al cielo y a la tierra.
Un espantoso y confuso clamor se alzó en todos los puntos de la sala: en él solo se distinguía un rumor de voces sedientas de sangre. El documento que acababa de leerse había exaltado hasta el frenesí el furor vengativo de la época, y ninguna cabeza se habría salvado en Francia, por elevada que estuviera, con tan terrible acusación.
Ante semejante tribunal era inútil preguntar cómo no habían unido los Defarge este documento a todos los que se encontraron en la Bastilla, ni por qué lo habían conservado para hacerlo público cuando les conviniera, e inútil también demostrar que el nombre de aquella familia estaba registrado desde hacía mucho tiempo en los archivos de la taberna y señalado para la venganza del arrabal de Saint Antoine. Aquel cuyas virtudes y servicios hubieran podido compensar el peso de esta denuncia no había nacido aún.