Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Lo que perjudicaba especialmente al acusado era que el denunciante fuera un ciudadano conocido, su amigo, el padre de su mujer. El populacho aspiraba en su loco entusiasmo a imitar las virtudes más que dudosas de los antiguos republicanos, y quería que se sacrificasen los seres más queridos en el altar de la patria. Por esta razón, cuando el presidente dijo (de lo contrario su cabeza no habría estado segura sobre sus hombros) que el doctor Manette sería aún más honroso para la República si contribuía a extirpar del territorio a una familia de aristócratas, y que experimentaría indudablemente una sagrada alegría en dejar a su hija viuda y a su nieta huérfana con la muerte de un odioso enemigo del pueblo, sus palabras produjeron un brutal arrebato de fervor patriótico, pero no despertaron el menor sentimiento de humanidad.

—Ese doctor es muy influyente —dijo madame Defarge, sonriendo a la Venganza—. ¡Sálvalo, doctor, sálvalo!

El primer juez pronunció su fallo. Un rugido de júbilo acogió su respuesta afirmativa. Votó otro juez y después otro, y un rugido siguió a otro rugido.

Charles Darnay fue declarado culpable por unanimidad de ser aristócrata de corazón y nacimiento, enemigo de la República y opresor del pueblo, y fue condenado a muerte y conducido a la Conciergerie para ser ejecutado en un plazo de veinticuatro horas.


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