Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades En vez de contestar, el antiguo preso de la Bastilla se llevó las manos a las canas y se las mesó con un grito de dolor.
—TenÃa que suceder: ¿por qué nos extrañamos? —repuso Darnay—. Todo ha contribuido a este triste resultado. Los vanos esfuerzos para cumplir el último deseo de mi madre me llevaron hasta vos; pero el bien no podÃa salir del mal, y semejantes premisas no podÃan conducir a conclusión más feliz. Consolaos y perdonadme por lo que habéis padecido.
Se llevaron a Charles, y su mujer lo miró con las manos cruzadas mientras se alejaba dirigiéndole una sonrisa consoladora. Cuando lo vio desaparecer, apoyó su frente en el pecho de su padre, quiso hablar y cayó desmayada.
Sydney Carton corrió a levantarla desde el ángulo de la sala donde estaba oculto. Se estremeció y tembló su mano al sostener aquella hermosa cabeza destruida por el dolor, pero con la profunda compasión que se plasmaba en su rostro se mezcló un rayo de alegrÃa y de orgullo.
«¿La llevaré? —pensó—. Nunca he sentido el peso de su cuerpo.»
La cogió en brazos y la dejó con cuidado en los almohadones del coche. El doctor y el señor Lorry se colocaron a su lado, y Sydney subió al pescante y se sentó al lado del cochero.