Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Adiós, amor mÃo, adiós! Mi último pensamiento será para ti, mi último suspiro para bendecirte. No te inquietes, nos volveremos a ver donde reciben consuelo los desgraciados.
—Tengo fuerza para resistirlo todo, Charles; Dios me sostiene. Tengo valor; no sufras por mÃ, no te entristezcas. Tu bendición para nuestra hija.
—BendÃcela de mi parte; le darás un beso de parte de su padre y le dirás adiós por mÃ.
—¡Charles!… ¡Oh! No… aún no.
Charles se desprendió de sus brazos.
—No estaremos mucho tiempo separados —dijo Lucie—; sé que mi corazón morirá y que pronto me reuniré contigo; pero cumpliré con mi deber hasta el fin y, cuando haya de separarme de nuestra hija, Dios le dará amigos, como me los ha dado a mÃ.
Su padre, que la habÃa seguido, iba a arrodillarse delante de ellos, pero Darnay tendió la mano exclamando:
—¡No… no! ¿Qué habéis hecho de que debáis acusaros? Ahora sabemos la lucha que habéis sostenido, conocemos lo que debisteis de sufrir cuando descubristeis el nombre de mi familia, y comprendemos la antipatÃa instintiva que sentÃais en un principio y que vencisteis. Os damos las gracias de todo corazón y os amamos como nunca. ¡Dios os guarde y proteja!
