Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Al llegar a la puerta de la casa, adonde la noche anterior había vuelto en medio de la oscuridad para seguir la huella de sus pasos adorados, la sacó del carruaje y la llevó a su alcoba, donde su hija y la señorita Pross la cubrieron de lágrimas y caricias.

—Dejadla —dijo—, no la despertéis de su letargo; está mejor así sin sentir la realidad del dolor.

—Querido Carton —dijo la niña, arrojándose en sus brazos—, ¿has venido de Londres para consolar a mamá y salvar a papá? Mírala, querido Carton; tú que tanto la amas, impedirás que sea desgraciada.

Carton alzó a la niña, juntó con las rosadas mejillas de aquel ángel hermoso las suyas marchitas, y miró a Lucie, que continuaba sin movimiento.

Antes de salir se detuvo y dijo:

—Antes de irme… ¿no podré besarla?

Recuerdan haberle oído murmurar algunas palabras cuando se inclinó para abrazarla y besarla en la frente. La niña contaría luego, como en su vejez contaría a los hijos de su hija, que le había oído decir estas palabras: «Por una vida que os es tan querida».

Al salir de la alcoba se encontró de pronto con el señor Lorry y con el doctor:

—Vuestra influencia fue ayer poderosa —le dijo—, ensayadla hoy también. Os aprecian los jueces, y todas las personas de importancia agradecen vuestros servicios.


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