Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Oh! Buenas noches, muy buen vino. Bebo a la salud de la República.
—En efecto —dijo el tabernero, volviendo de nuevo con el grupo—, se le parece algo.
—Se le parece tanto que los confundirÃa —repuso su mujer con tono suspicaz.
—Lo tienes de tal modo en la cabeza que lo ves en todas partes, ciudadana —dijo Jacques tercero, casi en actitud de conciliación.
—Es cierto —dijo la Venganza—, sin hablar del placer que tendrá mañana viéndolo por última vez.
Carton, con la cabeza inclinada sobre el periódico, seguÃa las lÃneas con el dedo Ãndice y el rostro atento. Los cuatro amigos continuaban hablando en voz baja con los brazos cruzados en el mostrador y, después de un momento de silencio durante el cual escudriñaron al inglés sin distraerlo de su lectura, siguieron la interrumpida conversación.
—La ciudadana tiene razón —dijo Jacques tercero—. ¿Por qué vamos a contentarnos con él? El caso no tiene réplica.
—No lo niego —dijo Defarge—, pero tendremos algún dÃa que contentarnos. La dificultad estriba en saber cuándo.
—Después del exterminio completo —respondió su mujer.
—¡Muy bien dicho! —exclamó el jurado.