Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Bravo! —dijo la Venganza.
—El exterminio es bueno al principio, mujer —terció el tabernero, algo conmovido—, y soy partidario de él en general, pero ¡ha padecido tanto ese pobre doctor! ¿Reparasteis en qué pálido estaba cuando leÃan el papel?
—Sà —respondió la ciudadana con desprecio e ira—, sÃ, le miré a la cara y os digo que no es la de un patriota. ¡Que tenga cuidado con su cara pálida!
—¿Has visto el dolor de su hija? —insistió Defarge con voz suplicante—. DebÃa de ser para el doctor un horrible tormento.
—SÃ, he visto a su hija —dijo la ciudadana—, y más de una vez; la he visto con frecuencia en el callejón que hay detrás de la cárcel. Que yo levante un solo dedo y…
Carton oyó el ruido seco que produjo la mano de la tabernera al caer sobre el mostrador como si fuera la cuchilla de la guillotina.
—¡Qué sublime está! —exclamó el jurado.
—Es un ángel —dijo la Venganza, abrazándola.
—Veo —continuó la tabernera, mirando a su marido— que, si en tu mano estuviera, lo cual por fortuna no es asÃ, salvarÃas hasta al yerno.
—¡No! —gritó Defarge protestando—. Pero no irÃa más lejos.