Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Nunca había visto el instrumento que debía cortarle la cabeza. ¿A qué altura se alzaba el cadalso? ¿Cuántos escalones tendría que subir? ¿Estarían manchadas de sangre las manos que lo tocasen? ¿Cómo lo colocarían? ¿Sería el primero o el último en morir? Estas y otras preguntas del mismo tenor acudían a su pensamiento a pesar de sus esfuerzos, y no lo hacían porque estuviera dominado por el terror, sino por el deseo de saber qué es lo que le quedaba por hacer hasta que llegase el momento fatal: deseo extraño, ajeno a la rapidez de los preparativos a que se refería, y que más que al preso parecía pertenecer a un espíritu distinto encerrado en su propio ser.

Mientras recorría su prisión esforzándose en imponer silencio a esta voz insistente, las horas seguían su curso ordinario y el reloj daba el número de campanadas que ya no habría de oír más. Las nueve, las diez, las once pasaron para siempre, y cuando iban a dar las doce, después de un duro combate con aquel excéntrico y desconcertante giro de sus pensamientos, consiguió vencer. Entonces pudo pasearse otra vez, libre de imaginaciones perturbadoras y rezar por sí mismo y por ellos.

Pasaron las doce para siempre.


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