Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Charles sabía que la ejecución sería a las tres y, como sabía también que habría que salir con tiempo para que los carros mortuorios pudieran llegar a su destino, se dio dos horas de plazo definitivo, y resolvió dedicarlas a fortalecer su alma para poder, luego, fortalecer las de sus compañeros.

Paseaba con paso firme, los brazos cruzados sobre el pecho y el espíritu tranquilo, y oyó las campanadas del reloj sin el menor asombro. La hora que había transcurrido tenía para él la misma duración que la mayor parte de las que había visto pasar a lo largo de su vida. «Solo falta una», pensó, y volvió a su paseo.

Se oyeron pasos en el corredor. Se detuvo.

Una llave giró en la cerradura, y en el momento de abrirse la puerta oyó que decían en inglés y en voz baja:

—He tenido cuidado de que no me viera y no sabe que estoy aquí. Entrad solo; os espero; sobre todo no perdáis el tiempo.

La puerta se cerró, y Charles se encontró cara a cara con Carton, que, con las facciones animadas por una sonrisa, se llevaba el dedo a los labios para indicarle silencio.

Su rostro tenía una expresión tan extraña que Darnay creyó al principio que era una aparición, pero era el mismo Carton quien lo cogía la mano y se la estrechaba con fuerza.


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