Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No me esperabais —dijo.
—No podÃa ni imaginar que fuerais vos, y apenas creo en lo que veo. ¿Estáis preso también?
—No. Por una casualidad tengo cierta influencia en la cárcel, me he servido de ella y vengo a veros. Me envÃa vuestra esposa, querido Darnay.
El reo se retorcÃa las manos de dolor.
—Vengo a pediros un favor de su parte.
—¿Cuál?
—Os lo suplica con aquella voz ferviente que no habréis olvidado.
Charles volvió la cabeza para ocultar su emoción.
—No tengo tiempo para explicaros el motivo de lo que voy a hacer, ni me lo preguntéis, pero haced lo que ella desea. Quitaos las botas y poneos las mÃas.
HabÃa en la celda una silla donde Carton se habÃa sentado con rapidez, y se acercó a Charles con los pies descalzos diciéndole:
—¡Poneos mis botas… pronto! El tiempo aprieta.
—La fuga es imposible, Carton, y es inútil pensar en ello.
—¿Y quién os habla de huir? Dadme vuestro corbatÃn, tomad el mÃo y cambiemos de traje. Permitid que desate esa cinta y aparte vuestros cabellos.