Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Carton, con una prontitud prodigiosa y una energÃa fÃsica y moral que no eran naturales en él, impuso estas condiciones y el preso obedeció como un niño.
—Os repito, Carton, que es una locura, una empresa imposible; la han intentado más de una vez y siempre ha salido mal. No añadáis el pesar de vuestra muerte a la amargura de la mÃa.
—¿Acaso os exijo que me sigáis? Hay papel, pluma y tintero en esta mesa. ¿Tenéis la mano firme?
—La tenÃa cuando habéis llegado.
—Dominad vuestra emoción, y escribid lo que voy a dictaros… ¡Pronto, amigo mÃo, pronto!
Darnay se sentó delante de la mesa y se apretó la cabeza con ambas manos. Carton se acercó después de introducir la mano derecha debajo del chaleco y se puso en pie a su lado.
—Escribid.
—¿A quién se dirige?
—A nadie.
—¿Se ha de poner fecha?
—No. «Si recordáis lo que os dije un dÃa, hace tiempo —dijo Carton, dictando—, comprenderéis inmediatamente estas lÃneas. Estoy seguro de que os acordáis, porque no sois capaz de olvidar.»