Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No puede faltar ni uno. Si vestido como estáis completáis los cincuenta y dos, nada debo temer.
—Pronto dejaré de importunaros, y entonces a Dios gracias habrán salido ya de ParÃs. Tened ahora la bondad de cogerme y de ponerme en el coche.
—¿A vos? —dijo el espÃa, con voz trémula.
—Al que me reemplaza: volveréis por el mismo camino que me habéis hecho seguir.
—Naturalmente.
—Suponed que me hallaba indispuesto cuando me acompañasteis a este sitio y que la impresión de la despedida me ha causado un desmayo: esto sucede con mucha frecuencia en una cárcel. Nuestra vida está en vuestras manos, y confÃo en vos. Llamad para que os ayuden.
—¿No me traicionaréis? ¿Me lo juráis?
—No perdamos instantes preciosos —respondió Carton con un gesto de impaciencia—. Colocadlo vos mismo en el coche, acompañadlo hasta el lugar que sabéis, entregádselo al señor Lorry, a quien recomendaréis que no le haga volver en sÃ, pues con el aire libre será suficiente, y decidle sobre todo que recuerde la promesa que me hizo ayer por la noche y que partan inmediatamente.
El espÃa salió y volvió a entrar casi al momento con dos hombres que habÃa ido a buscar. Carton estaba sentado delante de la mesa con la cabeza oculta entre las manos.