Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Charles cogió la pluma, y Carton continuó dictando:
—«Si no aprovechara esta oportunidad, todo se perderÃa para siempre. Si no la aprovechara —la mano de Carton volvió a rozar la cara del preso—, tendrÃa que rendir cuentas de una cosa más».
Charles solo trazaba ya caracteres ininteligibles. Su mano no habÃa vuelto a tocar el pecho. De pronto se levantó mirando incriminatoriamente a Carton, pero este con una mano se tapaba la nariz y con la derecha lo sujetó por la cintura. Durante unos segundos Charles luchó con el hombre que habÃa venido a ofrecerle su vida; pero un momento después yacÃa en el suelo completamente insensible.
Carton, cuya mano era tan firme como pronta, se puso el traje del preso, se echó hacia atrás los cabellos, los ató con la cinta que llevaba Darnay, y dijo en voz baja, entreabriendo la puerta:
—Podéis entrar.
Entró John Barsad.
—Ya lo veis —prosiguió, colocando entre el chaleco y la camisa de Darnay el papel que acababa de escribir—, no arriesgáis gran cosa.
—No me inquieta él, señor Carton —respondió el espÃa con voz tÃmida—; lo importante es que cumpláis hasta el fin vuestra promesa.
—La cumpliré, no temáis.