Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Aquà tenemos a un hombre afligido porque su amigo ha sacado un buen número —dijo uno de los secuaces, contemplando a Darnay.
—¡Famoso patriota! —dijo el otro—. No podrÃa estar más triste si el aristócrata se hubiera salvado.
Colocaron a Darnay en una camilla que habÃan dejado en la puerta y se dispusieron a salir.
—La hora se acerca, Evrémonde —dijo Barsad.
—Lo sé —respondió Carton—; cuidaos de mi amigo y dejadme.
—¡Vamos, muchachos! —dijo el espÃa.
Cuando Carton se encontró a solas, concentró todas sus facultades auditivas para percibir el más leve rumor. Las llaves rechinaban en las cerraduras, crujÃan las puertas y resonaban los pasos a lo lejos en los corredores, pero no se oÃan gritos, pasos precipitados ni rumores que anunciasen la alarma.
Carton respiró, volvió a sentarse junto a la mesa y prestó nuevamente oÃdo hasta que el reloj dio las dos.
Llegaron entonces rumores de pasos y cerrojos, pero no se asustó, porque adivinaba la causa. Abrieron varias puertas unas tras otras hasta que fue el turno de la suya, y un carcelero que llevaba una lista en la mano asomó la cabeza y dijo:
—SÃgueme, Evrémonde.