Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Era un sombrÃo dÃa de invierno y, como la niebla aumentaba la oscuridad de la cárcel, Carton no pudo ver sino de una manera confusa a los individuos que habÃa en la sala adonde los habÃa conducido el carcelero para atarles los brazos. Unos estaban sentados, otros de pie y algunos se agitaban y lamentaban, pero eran los menos; casi todos estaban tranquilos, cabizbajos y en profundo silencio.
Mientras conducÃan a las últimas vÃctimas, un hombre se paró al pasar y abrazó a Carton como a un amigo. Fue para él un momento de terror; pero aquel hombre que creÃa reconocerlo siguió al carcelero sin manifestar duda ni sorpresa, y Carton se tranquilizó.
Algunos instantes después una joven pequeña y débil, de rostro pálido y delicado, ojos rasgados y llenos de dulzura, se levantó del banco donde estaba sentada y se acercó a él.
—Ciudadano Evrémonde —dijo, tocándole la mano con sus dedos helados—, soy la jornalera que estaba con vos en La Force.
—Es verdad —murmuró Carton—, pero no me acuerdo de qué os acusan.