Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —De conspiración, pero Dios sabe que soy bien inocente: ¿quién habrÃa querido conspirar con una pobre criatura como yo? —La pálida sonrisa que acompañó estas palabras conmovió tanto a Carton que brotaron lágrimas de sus ojos—. No tengo mucho miedo, ciudadano Evrémonde, ni me niego a morir si la República, que debe hacer tanto bien a los pobres, ha de sacar provecho de mi muerte; pero no veo en qué puedo serle útil… ¡valgo tan poco!
Era la última vez que Carton podÃa enternecerse en este mundo, y su corazón se conmovió y se enardeció para animar a aquella pobre niña.
—Ciudadano Evrémonde, habÃa oÃdo decir que os habÃan absuelto; lo creà y me habÃa alegrado.
—Efectivamente, me pusieron en libertad, pero volvieron a prenderme por la noche.
—Si vamos en el mismo carro, ciudadano Evrémonde, ¿me permitiréis que os coja la mano? No tengo mucho miedo, pero soy débil y esto me dará valor.
Carton vio de pronto, en los resignados ojos que lo miraban, una expresión de duda, luego de sorpresa. Estrechó la mano de la muchacha, enflaquecida por el trabajo y el hambre, y se llevó un dedo a los labios.
—¿MorÃs por él? —murmuró la niña.
—Tiene mujer e hija… ¡silencio!
—¡Oh! Buen caballero, ¿permitiréis que os dé la mano?