Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Esta indispuesto?
—No será nada; el aire libre le hará volver en sÃ. Goza de una salud muy delicada, es muy propenso a desmayarse, y acaba de despedirse de un amigo Ãntimo que ha tenido la desgracia de disgustar a la República.
—Hay otros muchos que le disgustan y que por este motivo dejarán la cabeza en el cesto. Jarvis Lorry, banquero: ¿dónde está?
—Soy yo.
Lorry era quien habÃa contestado a las preguntas anteriores, el que habÃa bajado del coche, y el que, con los pies en el lodo y la mano en la portezuela, continuaba respondiendo a un grupo de patriotas y funcionarios, que rodearon varias veces el coche, subieron al pescante y examinaron a su antojo el equipaje, mientras los campesinos que entraban y salÃan por la barrera se acercaban a las dos portezuelas y miraban dentro del coche con avidez. Una mujer que llevaba un niño en los brazos le hizo alargar la mano para que pudiese tocar a la viuda de un aristócrata enviado a la guillotina.
—Aquà están tus pasaportes, Jarvis Lorry.
—¿Podemos partir?
—SÃ. ¡Arrea, postillón! Buen viaje.
—Os saludo, patriotas. Pasó el primer peligro —dijo el señor Lorry, cruzando las manos y alzando los ojos al cielo.