Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Reinaba el terror en el coche, donde se oÃan débiles sollozos, la voz quejumbrosa de un anciano y la respiración entrecortada de un hombre sumido en un profundo sueño.
—¿No podrÃan ir más deprisa los caballos? —preguntó Lucie, cogiendo las manos de su amigo.
—ParecerÃa que huÃamos, hija querida; una marcha demasiado rápida despertarÃa sospechas.
—Asomaos y mirad: tal vez nos persigan.
—El camino está desierto, ángel hermoso. No se ve a nadie.
Pasan grupos de dos o tres cabañas, fincas aisladas, ruinas y edificios antiguos, calles con árboles despojados de sus hojas, fábricas, hornos de cal y grandes llanuras descubiertas. La superficie irregular del camino se despliega bajo el coche. De vez en cuando dan un rodeo, pero no evitan los charcos; el lodo llega hasta el eje de las ruedas, y la impaciencia es tan viva entonces que en su angustia todos quieren bajar, huir, ocultarse en los matorrales antes que detenerse.
Los campos se alejan y vuelven a ver pasar desde el coche las fincas solitarias, los castillos destruidos por las llamas, las fábricas, los grupos de cabañas y las calles de árboles cubiertas de hojarasca.