Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡MagnÃfica cabeza! —murmuró Jacques tercero—. Los ojos azules y los cabellos de oro brillarán en las manos de Sansón.
El ogro tenÃa los gustos refinados de un epicúreo. Madame Defarge tenÃa la cabeza gacha y reflexionaba.
—También la hija tiene cabellos rubios y ojos azules —dijo Jacques saboreando sus palabras—. Por otra parte, las niñas son una rareza. ¡Son tan graciosas esas cabecitas!
—En una palabra —dijo la tabernera levantando de pronto la cabeza—, en esta ocasión no puedo fiarme de mi marido. No solo harÃa mal en comunicarle mi proyecto, sino que es capaz de avisarlas y proteger su fuga.
—No puede ser —exclamó Jacques—: nadie debe salvarse. Tenemos hecha la cuenta, y necesitamos el centenar por dÃa.
—Defarge —continuó la tabernera— no tiene las mismas razones que yo para encarnizarse con esa familia, y yo tengo las mÃas para no compadecerme de ese doctor. Asà pues, no debo contar con él y debo obrar por mà misma en este asunto.
Llamó al aserrador, a quien siempre habÃa inspirado tanto respeto como terror, y este se presentó inmediatamente con el gorro en la mano.
—¿Estás dispuesto —le dijo con expresión sombrÃa— a prestar hoy mismo tu declaración sobre las señas de las que me has hablado?