Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—¿Y por qué no? —repuso el hombrecillo—. Ella venía todos los días, lloviese o nevase, algunas veces con la chiquilla, pero por lo regular sola, y en cuanto a las señas, era cosa de ver… Yo sé lo que sé; lo he visto con mis propios ojos, y se lo diré a todo el mundo.

El aserrador gesticulaba para imitar las señas políticas que nunca había visto.

—Conspiraba —dijo Jacques tercero—; es evidente.

—¿Se puede contar con el jurado? —le preguntó la tabernera con una sonrisa siniestra.

—No lo dudes, querida ciudadana; respondo de todos mis colegas.

—Veamos —repuso madame Defarge con aire pensativo—, ¿debo hacer a mi marido el sacrificio del doctor? No tengo sobre este punto ninguna idea; que viva o no me interesa poco.

—Sería una cabeza más —observó Jacques tercero.

—Le señalaba la cárcel y le hacía gestos cuando los vi a los dos —continuó la tabernera—, y, por consiguiente, no sé por qué se ha de acusar a la hija sin denunciarlo a él. Ya lo veremos cuando llegue el momento. No puedo dejar solo a este hombre en un asunto tan importante y, como mi testimonio es poderoso, mi declaración confirmará la suya.


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