Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Jacques tercero y la Venganza dijeron que su testimonio era poderosÃsimo, y el aserrador, hombre pasivo, añadió que era prodigioso.
—Se arreglará como pueda —continuó madame Defarge, sin escuchar los elogios—. Pensándolo bien, no puedo perdonarle. ¿Estarás allà a las tres, ciudadano?
El antiguo caminero se apresuró a contestar afirmativamente, y aprovechó la ocasión para añadir que era un ardiente patriota, y que se considerarÃa el más desgraciado de los hombres si se viera privado del placer de fumar en su pipa admirando la destreza del barbero nacional. Manifestó tanto entusiasmo en sus protestas que habrÃa podido sospecharse que tenÃa vivas inquietudes personales, y hasta tal vez los ojos penetrantes de madame Defarge, que lo miraban con desprecio, habrÃan descubierto su miedo a que lo incluyera en la lista de los sospechosos.
—Allà me verás —dijo la tabernera—. Ven después a buscarme al arrabal. ¿Te olvidarás?
—¡Oh! No, ciudadana.
—Desde allà iremos a la sección a denunciar a los otros tres.