Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El aserrador añadió que estaría orgulloso de acompañar a la ciudadana. Esta le lanzó una mirada que evitó volviendo la cabeza y, avergonzado como un perro sorprendido en una falta, fue a ocultarse detrás de sus maderas.
Madame Defarge se retiró a un extremo de la calle, adonde la siguieron la Venganza y su jurado, y les comunicó sus intenciones con las siguientes palabras:
—La mujer de Evrémonde se encontrará en su casa esperando la hora del suplicio, y estará gimiendo, desesperándose, derramando lágrimas… En una palabra, en un estado que la haga culpable, porque la ley prohíbe simpatizar con los enemigos de la República. Voy a sorprenderla.
—¡Admirable idea! —dijo Jacques tercero con entusiasmo.
—¡Eres divina! —exclamó la Venganza, dándole un beso.
—Guárdame la labor —repuso la tabernera, entregando la faja de punto a su ayudante de campo—, y déjala en mi silla. Date prisa y no te distraigas por el camino. Hoy habrá más gente que los demás días y podrían quitarnos el sitio.
—No temas, te obedeceré fielmente: ¿no eres mi jefa? —respondió la Venganza, besándola por segunda vez—. ¿Tardarás mucho?
—Llegaré antes de que empiecen.