Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No te dejaré entrar —respondió esta, que habÃa entendido la pregunta asà como su adversaria entendió la respuesta.
—Si no están ahÃ, han partido —dijo madame Defarge— pero pueden perseguirlos y traerlos.
—Todo el tiempo que emplees —pensó la inglesa— en preguntar si están en este cuarto será una ventaja para mis señores y, por otra parte, cuando ya no te quede duda sobre este punto, no te moverás de aquà mientras tenga fuerzas para detenerte.
—Te haré pedazos si es preciso, pero abriré esa puerta —dijo madame Defarge.
—Estamos solas en el último piso de una casa que tiene pocos inquilinos, el patio está desierto y nadie nos oirá. Si soy lo bastante fuerte para impedir que salgas, cada minuto de retraso valdrá millones de guineas para mi Lucie.
En ese mismo instante madame Defarge, que corrÃa hacia la puerta, se vio sujeta por los dos brazos del aya. En vano trató de luchar, porque el amor, mucho más poderoso que el odio, centuplicaba la fuerza de la señorita Pross. En vano descargó puñetazos o le arañó el rostro, pues la valerosa aya no soltaba a su presa y se aferraba a ella con más fuerza que un ahogado.
De pronto la ciudadana dejó de defenderse y se llevó la mano al cinturón.