Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El señor Lorry, asustado del estado en que veía a su compañera y turbado por los signos que le hacía el tabernero, tomó un partido desesperado y, levantando en sus brazos a la joven, entró precipitadamente con ella en la buhardilla, donde la sentó sin dejar de sostenerla. Defarge cerró la puerta, sacó la llave de la cerradura y la conservó en la mano, metódica y ruidosamente. Se acercó después a la ventana y volvió con el anciano y la joven.

El cuarto donde acababan de entrar había sido construido para depósito de leña y estaba completamente a oscuras. La ventana, es decir, lo que hemos llamado así, no era más que una abertura practicada en el techo y cerrada con una puerta de madera, en la cual se veía una gruesa polea por la que se introducían los objetos pesados que se querían depositar en la buhardilla. Las dos hojas de aquella puerta apenas entornadas, sin duda a causa del frío, dejaban entrar una luz tan débil que hacía falta un prolongado hábito a la oscuridad para dedicarse allí a un trabajo que exigiese algún cuidado. Sin embargo, trabajaba en aquel aposento una persona con aplicación. Con el rostro vuelto hacia la ventana, cerca de la cual estaba de pie el tabernero, un anciano, sentado en un banquillo y con la cabeza inclinada sobre su obra, estaba haciendo un par de zapatos que absorbían completamente su atención.


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