Historia de dos ciudades

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CAPĂŤTULO VI EL ZAPATERO

—¡Buenos días! —dijo el tabernero.

—¡Buenos días! —le respondió una voz tan débil que se habría tomado por un eco lejano.

—¿Siempre trabajando?

—Sí… trabajo.

La voz tenía un tono desgarrador y horrible; no era la debilidad que resulta del enflaquecimiento físico, aunque hubieran contribuido a ella en gran parte los padecimientos, sino la que se contrae en la soledad y procede del prolongado silencio. Aquella palabra ahogada, de la que estaba ausente la vida, y que no tenía ya ninguna de las vibraciones de la voz humana, producía el mismo efecto que un rico color borrado por el tiempo y que no es más que una mancha pálida sin relación alguna con el matiz que tenía anteriormente. Aquella voz era tan hueca que se hubiera dicho que salía de un subterráneo, y su acento expresivo era el de un viajero que, muriéndose de sed, se lamenta recordando la patria y a los familiares y amigos que no volverá a ver jamás.

Después de trabajar en silencio algunos minutos, el hombre encanecido alzó nuevamente los ojos, no por interés o curiosidad, sino bajo la influencia de una percepción completamente maquinal, porque el sitio donde había visto a monsieur Defarge continuaba ocupado.


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