Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Buenos dĂas! —dijo el tabernero.
—¡Buenos dĂas! —le respondiĂł una voz tan dĂ©bil que se habrĂa tomado por un eco lejano.
—¿Siempre trabajando?
—SĂ… trabajo.
La voz tenĂa un tono desgarrador y horrible; no era la debilidad que resulta del enflaquecimiento fĂsico, aunque hubieran contribuido a ella en gran parte los padecimientos, sino la que se contrae en la soledad y procede del prolongado silencio. Aquella palabra ahogada, de la que estaba ausente la vida, y que no tenĂa ya ninguna de las vibraciones de la voz humana, producĂa el mismo efecto que un rico color borrado por el tiempo y que no es más que una mancha pálida sin relaciĂłn alguna con el matiz que tenĂa anteriormente. Aquella voz era tan hueca que se hubiera dicho que salĂa de un subterráneo, y su acento expresivo era el de un viajero que, muriĂ©ndose de sed, se lamenta recordando la patria y a los familiares y amigos que no volverá a ver jamás.
DespuĂ©s de trabajar en silencio algunos minutos, el hombre encanecido alzĂł nuevamente los ojos, no por interĂ©s o curiosidad, sino bajo la influencia de una percepciĂłn completamente maquinal, porque el sitio donde habĂa visto a monsieur Defarge continuaba ocupado.