Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Monsieur Defarge empujó una de las hojas de la ventana y la sujetó, y un vivo rayo de luz entró repentinamente y permitió ver al zapatero, que, con la horma sobre las rodillas, había suspendido su trabajo. Estaba rodeado de instrumentos y de pedazos de cuero. Su barba blanca, desigualmente cortada, no era muy larga, pero su rostro estaba descarnado, y sus ojos, con un brillo excesivo que manaba de debajo de las cejas, negras aún, y de una masa confusa de canosos cabellos, parecían de una magnitud sobrenatural. Le servía de camisa una especie de blusa de lana amarilla hecha jirones y abierta por el pecho que dejaba ver un cuerpo ajado y marchito, y todo su cuerpo, así como su chaqueta vieja de lienzo ordinario, sus medias demasiado anchas y sus andrajos, habían cobrado con la privación de luz y de aire un color de pergamino tan uniforme que habría sido difícil reconocer su color primitivo o adivinar lo que habían sido en otro tiempo.
Había puesto una de sus manos delante de la luz para protegerse los ojos, y no solo sus músculos sino hasta sus huesos parecían diáfanos. Con la mirada perdida en el vacío, no respondía al tabernero hasta después de mirar varias veces a un lado y a otro, como si hubiese perdido el hábito de asociar los sonidos al sitio de donde procedían o como si buscase de dónde venían las palabras que llegaban a su oído.