Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Os acordáis de esta escalera, padre mÃo? ¿Os acordáis de haber entrado por aquÃ?
—¿Qué decÃs? —murmuró el anciano.
Pero no esperó para responder a que le repitiera la pregunta.
—¡Acordarme! —balbuceó—. No, no me acuerdo ya… ¡Hace tanto tiempo… tanto tiempo!
Su traslado de la prisión a la buhardilla de la que acababan de salir no le habÃa dejado al parecer ningún recuerdo. Se le oÃa murmurar en voz baja:
—¡Ciento cinco… Torre Norte!
Y cuando miraba a su alrededor lo hacÃa indudablemente para buscar las recias paredes de la fortaleza donde habÃa pasado dieciocho años. Al llegar al patio y ver, en vez del puente levadizo que esperaba encontrar, el carruaje en medio de la calle, se comprimió nuevamente la cabeza con las manos, dominado por un asombro que se parecÃa al vértigo. No habÃa nadie cerca de la casa, nadie en las numerosas ventanas de la vecindad, y ni siquiera transeúntes en la calle. Un silencio poco natural reinaba en aquel sitio abandonado, y el único ser que se veÃa era madame Defarge que, apoyada en la puerta de la tienda, hacÃa punto sin mirar nada más que su labor.