Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El preso había entrado ya en un coche, seguido por su hija, cuando los pies del señor Lorry se pararon en el estribo al oírlo reclamar, tristemente, las herramientas de zapatero y los zapatos sin terminar. Madame Defarge le dijo inmediatamente a su marido que lo dejara en sus manos y cruzó, sin dejar de hacer media, el patio. No tardó en aparecer con lo que le habían pedido… y un segundo después, apoyada en la puerta, seguía haciendo punto.

—¡A la barrera! —dijo el tabernero subiendo el pescante.

El postillón hizo chasquear el látigo y el carruaje partió al trote, bajo el tenue resplandor de los faroles —más brillante en las mejores calles, más sombrío en las peores—, y pasaron por tiendas iluminadas, puertas de teatro, cafés resplandecientes y alegres multitudes, hasta llegar finalmente a una de las puertas de la ciudad. Allí, un cuerpo de guardia, soldados, linternas y un oficial que se acercaba gritando:

—¡Los pasaportes!

—Aquí están —respondió Defarge, apeándose y aproximándose al oficial—. Este es el pasaporte del anciano caballero que encontraréis en el coche. Me fueron consignados en…


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