Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Y bajó la voz para hablarle al oído. Las linternas militares empezaron a revolotear, y una de ellas, empuñada por un brazo uniformado, apuntó al coche. Los ojos conectados con ese brazo clavaron entonces en el viajero canoso una mirada que no era la de todos los días ni la de todas las noches.

—¡Está bien, adelante! —se oye decir desde el uniforme.

—¡Adiós! —dice Defarge.

Y así prosiguieron bajo un exiguo bosque de faroles cada vez más tenues, y bajo el gran bosque de las estrellas.

Bajo esa bóveda de luces eternas e inamovibles —algunas de ellas, dicen los sabios, tan lejanas de esta pequeña Tierra que es dudoso que sus rayos hayan tocado aún este punto del espacio donde todo se hace o se padece—, las sombras de la noche eran anchas y negras. A lo largo del frío trayecto, sin descanso, hasta el amanecer, estas sombras murmuraron una vez más al oído del señor Lorry —sentado delante del hombre al que había desenterrado, sin saber qué sutiles facultades había perdido para siempre ni cuáles podría recuperar— la sempiterna pregunta:

—¿Estáis contento de haber vuelto a la vida?

Y la sempiterna respuesta:

—No lo sé.


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