La Casa lugubre
La Casa lugubre Y ahora es necesario que revele un secreto que he tratado de guardar durante mucho tiempo. Había llegado a creer algunas veces que el señor Woodcourt me amaba, que si hubiese sido rico tal vez me hubiera confiado sus sentimientos antes de marcharse, y pensaba entonces que si me lo hubiera dicho, habría sido muy feliz. Pero ¡cuánto me alegraba ahora de su silencio! ¡Cuánto hubiese sufrido si le hubiese escrito y contado que el pobre rostro que conocía había desaparecido y que liberaba de su compromiso a alguien que nunca lo había visto!
En efecto, era preferible que no hubiese hablado de ello. Podía repetir en el fondo de mi corazón mi oración infantil y aspirar a conservar su amistad sin tener que romper lazos tan preciosos, o sin que tuviera él que arrastrar una cadena que le hubiera impuesto tal vez el honor. Podría, gracias a Dios, continuar oscuramente la carrera del deber en mi estrecha senda mientras él continuaba la suya de una manera tan gloriosa. Y, aunque separados durante el viaje, podía esperar, libre y resignadamente, la felicidad mucho mayor de encontrarnos al final del recorrido que cuando me contemplaba con algún favor.