La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Aquella primera tarde, cuando Ada me preguntó mientras cosíamos si había alguien en la quinta, me costó un enorme esfuerzo ocultarle mi turbación. Especialmente cuando, después de contestarle que dos días antes me había encontrado con milady en el jardín, insistió, al mismo tiempo que le hacía justicia a la elegancia y a la belleza de la baronesa, en la arrogancia de sus modales y en su aspecto dominante y glacial. Menos mal que Charley vino oportunamente en mi auxilio sin saberlo al decir que milady solo había permanecido dos noches en Chesney Wold de camino a otra quinta del condado próximo que iba a visitar, y que se había marchado temprano a la mañana siguiente a la que la vimos en nuestro banco, como lo llamábamos. Charley justificaba el proverbio: «mujer pequeña, entremetida y curiosa», porque sabía más ella en un día sobre los hechos de todo el mundo que yo en un año.

Íbamos a permanecer un mes en casa del señor Boythorn. Apenas habían transcurrido ocho días desde la llegada de Ada cuando, en el momento en que acabábamos de regar las flores con el jardinero, Charley se me acercó con aire misterioso por detrás de la silla de Ada, y me hizo señas de que saliera del cuarto.

—Preguntan por usted, señorita, en el Dedlock Arms —me dijo, en voz baja, abriendo desmesuradamente los ojos.


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