La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¡Vaya, Charley —dije—, quién puede preguntar por mí en el mesón!

—No lo sé —respondió encogiéndose de hombros y cruzando las manos sobre su delantal como hacía siempre que tenía que confiarme algún misterio—. Es un caballero que le envía sus respetos y le ruega que vaya usted a verlo sin decirle nada a nadie.

—¿Quién me envía saludos, Charley?

—Este mismo, señorita —respondió Charley, cuyas clases de gramática iban progresando, pero no muy rápido.

—Y ¿cómo has llegado a ser su mensajera, Charley?

—No soy la mensajera, con su permiso, señorita —respondió mi pequeña doncella—. Fue W. Grubble, señorita.

—¿Y quién es W. Grubble, Charley?

—El señor Grubble, señorita —respondió Charley—. ¿No lo conoce, señorita? El Dedlock Arms, de W. Grubble —lo pronunció, como si estuviera deletreando lentamente el letrero.

—¿El mesonero?


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