La Casa lugubre
La Casa lugubre Resulta de todo esto que la señora Rouncewell, el ama de llaves de Chesney Wold, prevé que sir Leicester no tardará en llegar a la mansión con una multitud de parientes y amigos y con todos aquellos que, de una manera u otra, pueden cooperar en la gran obra constitucional. Y, con tan fausto motivo, esta venerable matrona, tomándose la ocasión por su lado caballeresco y de adhesión a la familia, sube y baja escaleras, atraviesa galerías, pasa y repasa una habitación tras otra, va y viene, abre y cierra, y se asegura de que todo está en perfecto orden, las alfombras colocadas, las cortinas puestas, las camas preparadas, la cocina y el comedor limpios; en una palabra, de que todo está dispuesto para recibir a los Dedlock.
La señora Rouncewell termina todos estos preparativos en un hermoso día de verano. Sombría y solemne parece la vieja casa con tantas disposiciones para ser habitada y sin habitante alguno salvo los retratados de las paredes. Así llegaron y se fueron, quizá haya meditado alguno de los Dedlock propietarios al pasar por allí. Así vieron esta galería silenciosa y en calma, como la veo ahora. Así pensaron, como pienso, en el vacío que dejarían en estos dominios cuando se fueran. Así les costó, como me cuesta, creer que podría existir sin ellos. Así pasarían por mi mundo, como yo paso por el suyo, cierro ahora la puerta, que resuena. Así llenaron el hueco que dejaron otros, así murieron.