La Casa lugubre
La Casa lugubre A través de algunas de las ventanas relucientes, hermosas desde fuera (enmarcadas a esta hora del atardecer no por monótona piedra gris, sino por una gloriosa casa de oro), entra la luz, excluida en otras ventanas, y se derrama rica, lujosa, desbordante como el verano sobre la tierra. Entonces se descongelan los Dedlock congelados. La sombra de las hojas, moviéndose sobre los retratos de los antiguos Dedlock, presta a sus caras singulares movimientos: hace guiñar los párpados de un obeso magistrado, pone un hoyuelo en la barba de un general y se aparta para dejar caer sobre el seno de una pastora de piedra una viva centella que hubiera hecho bien en animar su mármol cuando vivía, cien años atrás. Una antepasada de Volumnia, con zapatos de gran tacón, parecida a esta (como si proyectara la sombra de esa virgen doscientos años antes) despide un halo y se convierte en una santa. Una dama de honor de la corte de Carlos II, con grandes ojos redondos (y otros encantos semejantes), parece bañada en un agua tan ondulada como brillante.