La Casa lugubre
La Casa lugubre Luego, el sol apaga sus rayos, el día expira. Incluso ahora la sombra, que cubre las flores de la alfombra, sube lentamente por las paredes y, como el tiempo y la muerte, sume a los antepasados en el olvido. E incluso ahora se detiene ante el retrato de milady, que se encuentra encima de la gran chimenea, una extraña sombra de algún árbol añoso, que parece temblar, y parece que un gran brazo sostuviera un velo o un capuchón esperando el momento de echarlo sobre ella. La sombra de la pared se condensa y sube. Forma en el techo un punto rojo, desaparece y todo queda sumido en la penumbra.
Aquel horizonte, tan hermoso y tan próximo, contemplado desde la terraza, se aleja lentamente y ya no es más que un recuerdo, así como tantas cosas hermosas que se creen alcanzar en la tierra. Se alza una leve neblina y vuelve a caer en forma de gotas de rocío. Las flores derraman todos sus perfumes, de los que se impregna el aire húmedo, y los bosques no forman más que una masa negra y profunda, que atraviesan muy pronto, y ahora se alza la luna, que los separa con algunas listas luminosas que se quiebran en sus troncos, como en los arcos fantásticamente rotos de una catedral inmensa.