La Casa lugubre
La Casa lugubre Al llegar a la puerta de la galerÃa de tiro de George, la larga entrada, y la vista despejada que hay después, Allan Woodcourt se siente animado. También le parece prometedora la figura del señor George en sà misma, que camina hacia ellos en sus ejercicios matutinos con su pipa en la boca, sin corbata y con sus brazos musculosos, desarrollados por el sable y las mancuernas, que se marcan mucho a través de las leves mangas de su camisa.
—Servidor de usted, caballero —dice saludando militarmente.
Con una sonrisa de buen humor que le llega hasta la frente y el pelo encrespado, saluda entonces a la señorita Flite, mientras, con gran majestuosidad y con cierto detenimiento, ella lleva a cabo la ceremonia ritual de presentaciones. Él termina con otro saludo:
—Servidor de usted, caballero.
—Perdone, es usted oficial de Marina, ¿no es as� —pregunta el señor Georges.
—Me honra parecerlo —responde Allan—. Pertenezco, en efecto, a la Marina, pero únicamente en calidad de médico.
—¿Médico? CreÃa que vestÃa el uniforme azul.
Allan dice que esta circunstancia espera que contribuirá a que el señor George le perdone su inoportuna visita, y le suplica que no apague la pipa como al parecer se disponÃa a hacer por educación.