La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Es usted muy amable, caballero —responde el militar—, y puesto que el tabaco no ofende a la señorita Flite, voy con su permiso…

El señor George completa la frase llevándose la pipa a los labios y continúa fumando. Allan le cuenta la historia de Jo, mientras el militar escucha con gesto grave.

—¿Es el muchacho? —pregunta el maestro de armas, mirando hacia la puerta desde donde Jo examina con la boca abierta las grandes letras pintadas en la pared, que nada significan para él.

—Ese es. Sí, señor George —responde Allan—, y estoy muy preocupado; no quiero llevarlo al hospital, porque no estaría allí ni dos horas, suponiendo que quisieran recibirle, si consiguiéramos convencerlo de que fuera. La misma objeción me ocurre respecto a los asilos, contando que para hacerle admitir tuviese la paciencia de soportar los pretextos y los subterfugios que se pondrían en juego para enviarme de la Ceca a la Meca, sistema que no me gusta.

—Ni gusta a nadie —dice el señor Georges.

—Estoy seguro de que no se quedaría en ningún sitio público —continúa el señor Woodcourt— a causa del terror que le inspira cierto individuo que le ha mandado salir de aquí, y a quien supone, en su ignorancia, la facultad de estar en todas partes y saber todo lo que sucede.


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