La Casa lugubre
La Casa lugubre —Señor Snagsby, estuve en casa de una señorita, que no era aquella que usted sabe, sino una verdadera señorita, y le pegué mi enfermedad. Ni siquiera me dijeron nada porque son muy buenos, y yo ¡soy tan desgraciado! Ayer vino a verme un caballero, el amo de aquella casa, y me dijo: «¡Pobre Jo!; ¡te creíamos perdido!». Y se sentó cerca de mi cama sonriendo, y ni una palabra, ni una mirada de reproche me dirigió por lo que había hecho. Entonces volví la cara hacia la pared, señor Snagsby, y el señor Jarndyce se volvió también. El señor Woodcourt ha venido también para darme alguna cosa que me alivie, como lo hace de día y noche, y cuando se inclinó hablándome, para hacerse el valiente, vi sus lágrimas que caían sobre la cama, señor Snagsby.
El papelero deja otra media corona al lado de las otras dos, con la esperanza de que este remedio infalible aliviará su pobre corazón.
—Entonces pensé, señor Snagsby, que sabría usted tal vez escribir.
—Sin duda, Jo, gracias a Dios —responde el papelero.
—Pero escribir con letras grandes, muy grandes —dice el pobre muchacho con entusiasmo.
—Sí, mi pobre chico.
Jo se ríe encantado.