La Casa lugubre
La Casa lugubre —Pues bien, quiero pedirle un favor, señor Snagsby. Cuando haya dejado de avanzar y haya ido a descansar para siempre, tenga usted la bondad de escribir, con letras grandes, muy grandes, para que todo el mundo pueda verlas, que mi pesar también ha sido muy grande, que no fui a su casa con la idea de pegarle mi mal y que lo hice sin querer. Escribirá, además, que he visto llorar al señor Woodcourt, y que espero que me perdonen. Si el escrito en que dirá usted todo eso tiene las letras muy grandes, para que todo el mundo pueda verlas, estoy seguro de que me perdonarán.
—Lo haré, Jo, y no temas en cuanto a la letra, pues la haré grande y clara.
Jo se rÃe de nuevo:
—Gracias, señor Snagsby, por su bondad. Me parece que estoy ahora mejor y más tranquilo.
El dócil papelero, cuya tos se ahoga en su garganta, pone con disimulo su cuarta media corona sobre la mesa, y le dice a Jo que volverá pronto. Pero Jo y él no han de volverse a ver en la tierra, nunca más.
Porque al carro que le cuesta tanto tirar se acerca al final de su viaje y se arrastra por un suelo empedrado. Las veinticuatro horas se esfuerza a tramos accidentados, destrozado y rendido. No contemplará el sol muchas veces su camino cansado.