La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Phil Squod, con su cara ahumada por la pólvora, que trabaja en un rincón de armero sin perder de vista al enfermo, le echa un vistazo varias veces y le dice asintiendo con su gorra de fieltro verde y levantando su ceja única para animarlo: «¡Aguanta, chico, aguanta!». El señor Jarndyce pasa allí muchos ratos, lo mismo el señor Woodcourt, y ambos piensan en la singular manera en que ha mezclado el destino aquel desecho de la humanidad con existencias tan opuestas a la suya. El señor George, asimismo, se acerca con frecuencia a la puerta de la habitación, llenándolo todo con sus formas atléticas, y parece vivificar al pobre Jo, comunicándole un poco de su superabundante fuerza.

Jo ha dormido todo el día, aunque quizá no sea su sueño sino un profundo letargo. Allan Woodcourt, que acaba de llegar, permanece a su lado contemplando su rostro macilento, después de un rato se sienta despacio en su cabecera con el rostro hacia él (de la misma manera se sentó en el cuarto del copista) y explora su pecho y su corazón. El carro está a punto de parar, pero se fuerza un poco más.

El militar está en pie en el umbral de la puerta y Phil ha suspendido su trabajo. El señor Woodcourt echa una mirada al sargento y le indica a Phil que retire su mesita… Cuando este se ponga otra vez al trabajo, habrá una mancha de óxido en el hierro de su martillo.

—¿Qué te pasa, pobre Jo? ¡No tengas miedo!


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