La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Creía —contesta Jo muy azorado— que me hallaba otra vez en Tom-completamente-solo. ¿Está usted aquí solo, señor Woodcourt?

—Sí, querido.

—¿No estoy en Tom-completamente-solo, verdad, señor Woodcourt?

—No.

Al decir esto, Jo cierra los ojos.

—Gracias. ¡Si supiera cuánto se lo agradezco!

Tras mirarlo atentamente un momento, Allan acerca mucho la boca a su oreja y le dice en voz baja y clara:

—Jo, ¿sabes alguna oración?

—¿Yo? No, señor.

—Una cualquiera, por corta que sea.

—No, caballero, no me sé ninguna. Una vez estuve en casa del señor Snagsby con el señor Chadband, y este dijo una oración. Pero hablaba para él solo y no entendí nada. También a Tom-completamente-solo iban señores que decían oraciones, pero me pasaba lo mismo: gritaban contra el mundo y no nos hablaban a nosotros. Yo nunca he sabido nada.

Jo, cuya voz se extingue, vuelve a caer en una profunda postración, extenuado por el esfuerzo que ha hecho para contestar al señor Woodcourt. Transcurridos algunos instantes se reanima y vuelve a abandonar el lecho.

—¡Quieto! ¿Qué tienes, Jo?


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