La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Es tiempo de partir; he de ir al cementerio, caballero.

—¿Qué dices del cementerio, Jo? Quieto y acuéstate.

—Sí, al cementerio adonde lo llevaron a él, que tan bueno era para mí. Es preciso que me marche, ya es tiempo de ir allá y que me entierren. Pediré que me coloquen a su lado. Él me decía: «Ahora soy tan pobre como tú». Yo le diré que ahora soy tan pobre como él y que he ido al cementerio para dormir a su lado.

—No es la hora aún, Jo, todavía no.

—Quizá no me escuchen si voy solo, pero usted vendrá conmigo, señor Woodcourt, y hará que me pongan a su lado, ¿verdad que lo hará?

—Te lo prometo, Jo.

—Gracias, gracias. Será necesario ir a buscar la llave de la puerta para poder entrar, porque el cementerio está siempre cerrado… Delante hay un escalón que yo barría cada mañana… ¡Qué oscuridad! ¿Por qué no traen luz?

—Sí, la traerán, Jo.

La traerán. Todas las partes del carro retiemblan y el escabroso camino llega a su fin.

—Jo, ¡pobre muchacho!

—Ya lo oigo, pero no lo veo, caballero. Ando a tientas; deme usted la mano.

—Jo, repite lo que voy a decirte.


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