La Casa lugubre
La Casa lugubre —Tengo que hablarte, hija mÃa. Sé cuánto me quieres y cuento con tu cariño. Rosa, no has de revelarle a nadie nunca lo que voy a decirte.
Rosa lo prometió, con toda la sinceridad de su corazón.
—Bien sabes, Rosa —prosiguió lady Dedlock, indicándole que se le acercara—, que como me comporto contigo no me comporto con nadie.
—SÃ, milady, es usted más buena conmigo que con todos los demás, y muchas veces pienso que solo yo la conozco en realidad.
—¿Eso piensas, pobre niña?
HabÃa en tales palabras cierta amargura que no se dirigÃa hacia Rosa.
—¿Y has pensado alguna vez —dijo milady después de permanecer un rato en silencio mirando a Rosa con ojos distraÃdos— que tus pocos años, tu buen oficio, tu cariño me hacÃan hallar un gran placer en tenerte a mi lado?
—No lo sé, milady, apenas me atrevo a creerlo, pero desearÃa que fuese asà con toda mi alma.
—Pues créelo y persuádete de ello, hija mÃa.
El bonito rostro se refrena en su rubor de placer ante la sombrÃa expresión que ve en el hermoso rostro. Busca cohibida una explicación.