La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Y piensa, por lo mismo que ahora voy a decirte, que has de separarte de mí para siempre, piensa la pena y la tristeza que ha de causarme tu marcha.

—¡Cómo! ¿La he ofendido en algo, milady?

—No, hija mía, no hay nada de eso. Escúchame —prosigue milady, poniendo una mano sobre la cabeza de Rosa, sentada a sus pies—: a menudo te he dicho cuánto deseo tu felicidad: para conseguirla, habría dado todo un mundo, pero ni aun así me es dado alcanzarla. Por eso debes marcharte, causas que acabo de conocer, que te son del todo ajenas, hacen necesaria tu partida, y no debes permanecer por más tiempo en esta casa. He escrito al señor Rouncewell diciéndole, movida por el amor que te tengo, que venga, y viene hoy mismo.

La joven, deshecha en llanto, cubre de besos la mano de milady.

—¿Qué será de mí lejos de usted? —exclama.

—Sé feliz, hija mía. Sé amada como mereces —dice milady estrechándola en sus brazos.

—¡Ay, milady! Perdóneme la libertad que me tomo, pero ¡cuántas veces he pensado que no era usted feliz!

—¡Yo!

—¿Lo será más cuando yo esté ausente? Le ruego, le ruego que se lo piense de nuevo. ¡Déjeme quedarme un poco más!


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