La Casa lugubre

La Casa lugubre

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El caso es que el inspector de policía brilla tan radiantemente durante toda la tarde que el señor George, que lo viera entrar con cierto disgusto, acaba por sentirse enorgullecido por su compañía. Tan cordial, tan afablemente se porta, se muestra como hombre de tan ingeniosos recursos, que el maestro de armas se siente contento de haberles proporcionado a los Bagnet tan grata compañía. El señor Bagnet por su parte, apreciándolo en todo su valor, le suplica tras otra pipa al señor Bucket que se digne honrarles con su visita el próximo cumpleaños de su mujer. Si algo podía aumentar el afecto que el señor Bucket experimenta por la amable reunión, es el saber el motivo de la fiesta. Brinda con fervor a la salud de la señora Bagnet, acepta la invitación que se le hace y la anota en una gran libreta negra con una cinta, expresando al mismo tiempo el deseo y la esperanza de que la señora Bagnet y la señora Bucket sean en breve como dos hermanas, como se suele decir. Como se dice a sí mismo, ¿qué sería de la existencia sin los lazos de la amistad? Es, a su humilde manera, un hombre público, pero no se halla la felicidad en los cargos que se ejerce. No, sino en los confines de los goces de la familia.





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